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Cuba, el Indio Naborí y el Primero de Enero

Cuba, el Indio Naborí y el Primero de Enero

En el Pico Real del Turquio, firme de la Sierra Maestra, Fidel, raúl y otros victorean la revolución

 Joel Lachataignerais Popa jlpopa@enet.cu joecklouis@gmnail.com

 

Entre las imágenes muchas veces leídas y escuchadas, o recordadas en el tiempo, una de las más exactas para definir aquel día de pasiones intensas, las puso a rodar por las almas del pueblo de Cuba y en el mundo, Jesús Orta Ruiz, aquel mismo instante de tantas glorias, en que el Sol parecía más brillante.

 

Quienes con apenas 15 años vivimos aquellos instantes, recordamos una sonora voz de radio repetir durante varios días aquellas estrofas: Ellas se sumaban al goce popular, enardecían, llenaban de gloria el espectro ambiental y humano y los que éramos más niños, admirábamos y comenzábamos a sentir la realidad.

 

Y era la verdad cabalgando entre palabras bien enhebradas: Esta es la foto en palabras de aquel suceso revelador:

 

¡Primero de Enero!
Luminosamente surge la mañana.
¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero
de la redimida bandera cubana.
El aire se llena de alegres clamores.
Se cruzan las almas saludos y besos,
y en todas las tumbas de nobles caídos
revientan las flores y cantan los huesos.
Pasa un jubiloso ciclón de banderas
y de brazaletes de azabache y grana.
Mueve el entusiasmo balcones y aceras,
grita desde el marco de cada ventana.

 

Nadie en aquellos días dijo con mayor exactitud o dibujó con más  colores y matices; nadie consiguió con aquella certeza el momento, ni extendió de uno al otro lado del confín cubano el rostro de pueblo alegre hecho apretones, y  confundidos perfumes de monte y ciudad… de lágrimas de madre, esposas,  de flores y abrazos…

 

A la luz del día se abren las prisiones
y se abren los brazos: se abre la alegría
como rosa roja en los corazones
de madres enfermas de melancolía:
Jóvenes barbudos, rebeldes diamantes
con trajes olivo bajan de las lomas,
y por su dulzura los héroes triunfantes
parecen armadas y bravas palomas.

 

Fue así. Y él, poeta urgido del campo vino para ser símbolo del pueblo. Con el amor en las manos escribió  su inspiración como  ventana de entusiasmo para verlo todo, y desde allí, cantó la noticia a los ausentes:

 

 

Vienen vencedores del hambre, la bala y el frío
por el ojo alerta del campesinado
y el amparo abierto de cada bohío.
Vienen con un triunfo de fusil y arado.
Vienen con sonrisa de hermano y amigo.
Vienen con fragancia de vida rural.
Vienen con las armas que al ciego enemigo quitó el ideal.
Vienen con el ansia del pueblo encendido.
Vienen con el aire y el amanecer
y, sencillamente, como el que ha cumplido
un simple deber.

 

… y no se quedó el relato de épica estancia sobre lomas y llanos; justo cada retoño de humano esfuerzo, brotó bucólico desde la herrumbre campestre del decimador…

 

No importan los días de guerra y desvelo,

no importa la cama

de piedra o de grama,

sin otra techumbre  que ramas y cielo.

No importa el insecto, no importa la espina,
la sed consolada con parra del monte,
el viento, la lluvia, la mano asesina
siempre amenazando en el horizonte.
¡Sólo importa Cuba! Sólo importa el sueño
de cambiar la suerte.
¡Oh, nuevo soldado que no arruga el ceño
¡Oh, nuevo soldado que no arruga el ceño
ni viene asombrado de tutear la muerte!
Los niños lo miran pasar aguerrido
y piensan, crecidos por la admiración,
que ven a un rey mago, rejuvenecido,
y con cinco días de anticipación.

 

Entonces plasmó el perfil de nuevos destinos. Siguió mirando con ojos de historia. Pintó como nadie rostros y gestos que no se retratan en todo momento; mostró con su tacto discreto los héroes de gesta abriendo el futuro y en ellos erguida, la imagen del pueblo.

 

Pasa fulgurante Camilo Cienfuegos.
Alumbran su rostro cien fuegos de gloria.
Pasan capitanes, curtidos labriegos
que vienen de arar en la Historia.
Pasan las marianas sin otras coronas
que sus sacrificios: cubanas marciales,
gardenias que un día se hicieron leonas
al beso de doña Mariana Grajales.
Con los invasores, pasa el Che Guevara,
Alma de los Andes que trepó el Turquino,
San Martín quemante sobre Santa Clara,
Maceo del Plata, Gómez argentino.

 

 

Mientras la radio decía con versos, la naciente televisión cubana, llevaba en contrastes la hazaña que nunca se olvida- Conocíamos nombres, heroicidades, identidad… empatías: revolución. Y los rostros calcaban el tiempo:

 

Ya entre los mambises del bravío Oriente,
Sobre un mar de pueblo, resplandece un astro:
ya vemos... ya vemos la cálida frente,
el brazo pujante, la dulce sonrisa de Castro.
Lo siguen radiantes Almeida y Raúl,
Y aplauden el paso del Héroe ciudades quemadas,
Ciudades heridas, que serán curadas,
y tendrán un cielo sereno y azul.

 

Atado a su fórmula en abanico de amor y justicia, poeta de pueblo andaba los bosques del tiempo marcando distancias, Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, enseñó hasta el futuro:

 

¡Fidel, fidelísimo retoño martiano,
asombro de América, titán de la hazaña,
que desde las cumbres quemó las espinas del llano,
y ahora riega orquídeas, flores de montaña.
Y esto que las hieles se volvieran miel,
se llama...
¡Fidel!
Y esto que la ortiga se hiciera clavel,
se llama...
¡Fidel!
Y esto que mi Patria no sea un sombrío cuartel,
se llama...
¡Fidel!
y esto que la bestia fuera derrotada por el bien del hombre,
y esto, esto que la sombra se volviera luz,
esto tiene un nombre, sólo tiene un nombre...
¡Fidel Castro Ruz!

 

La Marcha triunfal del Ejército Rebelde, de Jesús Orta Ruiz, (El Indio Naborí), fue canción de su momento. Marcó aquellas generaciones abuelas. Aquel himno signó desde su tiempo la memoria histórica, y aún  vigente, nos devuelve, con sus rayos de sol, el Primero Enero.

 

 

 

 

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