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UNA REVOLUCION DE MUJERES

UNA REVOLUCION DE MUJERES

 Por Joel Lachataignerais Popa jlpopa@enet.cu joecklouis@gmail.com

He pensado siempre que las mujeres son como monumentos vivientes. Tal vez debieran tenerlos para venerarlas y mimarlas en las plazas públicas. Nunca he entendido que haya individuos a quienes les resulte complicado comprender cuánto espacio necesitan ellas. No sólo en el corazón del hombre enamorado como pareja íntima, sino reunida en el alma que no es como ser ajeno, sino propio.

 Ellas laboriosas a toda prueba, crecen en el retoño del hogar, se hacen fuertes y distinguibles en la inmensidad de la sociedad, entre ellas mismas y por encima de los hombres. Trazan sus distancias, elevan sus habilidades, conducen sus inteligencias, se hacen renovadas y diferentes.

Recuerdo a María Eugenia, aquella muchacha del barrio a quien el dueño del bar de la esquina tenía contratada. Yo pasaba todos los días varias veces frente a ese lugar y allí la veía, barriendo unas veces, la mayoría, recogiendo vasos, colocando botellas de cerveza y ron, con un cigarrillo en los labios muy pintados de rojo abusivo, mientras los soldados aquellos – y otros vestidos de civil – se restregaban en su cuerpo desde las sillas. Otras veces la veía tratando de quitarse de encima a uno de aquellos uniformados.

También vienen a mi memoria las imágenes de aquella tarde, aun cuando se veía el Sol, en la inmensa calle Zenea de Bayamo, iba ella y me dirigía a la casa después de terminar mis clases; de pronto se escucharon disparos, ella tomó mi mano y me invitó a correr, se le rompió el estrecho vestido que llevaba, y desde entonces era mas cómo correr… al llegar a la esquina, tuve que dejarla, el dueño le pidió que se quedar allí, pues tenía trabajo.

Marta, era una linda muchacha de tez india. Todo el mundo elogiaba su belleza. Y era disputada por varios muchachos del barrio. En mi casa la queríamos mucho. El 25 de diciembre de 1957, poco después de las nueve de la noche vino la noticia: Un guardia violó a Marta, la golpeó como pudo y la introdujo dentro de un inodoro, donde la dejó muerta. Había tenido que dejar de estudiar. Se dedicaba a trabajar en un bar para llevarle el sostén a su madre querida.

Enna, era negra, ‘manejadora’ de la casa de mi maestra de quinto grado. Hubiera querido ser maestra, enfermera, secretaria, contadora, esas eran sus aspiraciones, pero no podía, había que ayudar en la casa. Y se iba todos los días muy temprano a la casa de aquella maestra que le pagaba unos kilos por cuidar de sus hijos.

Cierto día encontré a uno de los niños de mi maestra, inexplicablemente en la calle. Lo cargué y llamé a Enna, quien lo tomó de mis brazos a la vez que me regañaba, cosa que yo no comprendí hasta esa misma tarde cuando Enna fue a mi casa: “Cuando tu veas a uno de los hijos de la señora en la calle, déjalos y llámame. Mira después de que tu te fuiste, tuve que coger mis guantes, lavarlo con alcohol, jabón y perfumarlo…” Es así como debían sufrir aquellas mujeres, a quienes siempre he visto emerger ante mí superiores.

Después del 23 de agosto de 1960, bajaron de las lomas y se fueron para la capital del país: Aprendieron a leer, a escribir, a coser ropas, y mas tarde comenzaron a hacerse maestras, enfermeras, hasta que en estos momentos son diplomáticas representantes de Cuba en diferentes naciones.

 Antes de todo eso vimos a millares de muchachas hirviendo juventud de combate en las calles, los llanos y las serranías, para alcanzar la victoria; y luego las volvimos a ver en altas misiones internacionalistas… y otra vez en Timor Leste, Paquistán, y sitios donde la Historia jamás había visto un cubano, y conjugando sus acciones profesionales con las de amas de casa. Los hombres debiéramos comprender. Doctoras, científicas, investigadoras; sencillas vigilantes de un centro laboral, batalladoras del hogar y la familia. Por eso, cuando un mar de mujeres cubría el espacio. Cuando mi memoria camina por entre los hombros de ellas, madres, esposas, hijas, nietas, vecinas, compañeras de trabajo, enamoradas novias esposas, vienen a mi memoria aquellas palabras de Fidel Castro, para concluir uno de los congresos de la Federación de Mujeres Cubanas. Es una simple frase que vale mucho y que dice una gran verdad, como para presidir el 23 e Agosto: “Hemos hecho una revolución mas grande que nosotros mismos…”

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